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viernes, 31 de mayo de 2013

Bulo








Fondo negro. Unos dados giran suspendidos en la posibilidad. Son el resto de alguna actividad traspapelada bajo efectos del licor. Debío ser una reunión sobre una plaza de muchos ángulos. Tu reías bajo un intenso brillo solar, mientras preparaba un discurso que se quedó sin decir. Quizas ya habíamos definido quien de nosotros tomaría la palabra o en que orden serían emitidas nuestras demandas. Pero entonces algo, como la llegada de alguna autoridad, nos obliga a dejar estas palabras en el aire. Esa prisa apenas puedo imaginármela a medida que el ingreso en este día disuelve los objetos del sueño. Algo falta. Algo sobra. No son las copas bebidas sino este nuevo estomago apareciendo al interior del mismo sueño como el día que debe abolirlo. Es cierto que olvidamos lo que soñamos. Pero a veces también soñamos la enfermedad de nuestros trituradores de papel. Es sólo que es mas corto decir que despertamos.

Disolvencia. Los dados desaparecen y una edición más potente me remolca de vuelta a mi primera cama de soltero. Se supone que he despertado. Estoy acostado con la misma disposición con la que se inventan dolencias adolescentes para no asistir a la escuela. De día, y en el lecho de convaleciente, madre y hermano me miran con el reproche amoroso de quienes nos impiden nacer fuera de la atmósfera. Sembrarlos aquí, en esta habitación que ya no existe, habla de un instinto de conservación para el que cabe tanto la maldición como la gratitud. También dice cosas sobre límites territoriales que se contraponen. Esta es la habitación que perdí cuando decidí regresar a la casa. Estos son los familiares que llegan hasta al Bulo para anexarlo, para decirme que la calle no existe y que la piel nunca sale de su alma aunque su volumen ocupe otros recipientes e imperios.

Antes que me pregunte como llegué hasta ahí, o quizás porque ya me lo estoy preguntando, la vigilia interrumpe por segunda vez. Todos los días, o al día siguiente, salimos del reposo con la misma impresión de que algo nos ha expulsado fuera del peligro de una demanda que debíamos decir. Pero el precio a pagar por ello, es la sensación de que una llave se nos quedó olvidada en algún carro mal estacionado; ya sea en esa plaza lunar donde los dados nunca caen o en el Bulo familiar donde una gravedad endogámica y fingida pospone nuestros primeros pasos fuera del cascarón.

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